El hombre se miró a su blanquecino espejo, pintó en el fino
cristal, con su último aliento, la pluma y la estrella que le guiaban día a día.
Tan privado y a la vez tan público. Según comenzaba a describirse sentía la falta
de aire, la asfixia provocada por el temor del dios insaciable que dominaba la
tierra pensando que era el cielo.
Al día siguiente el
hombre continuó con su vida sin espejo, sin pluma, sin hombre. Pero ahora, al
fin era libre.

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