Como cada mañana desde hace unos meses, Nacho se levantó de la cama mirando al suelo. La idea de que le iban a desahuciar sembraba un mar de dudas en su cabeza. Pero que podía hacer él, llevaba trabajando desde los dieciséis años debido a que sus padres no pudieron pagarle los estudios, y sin carrera, hoy en día no se puede conseguir un trabajo digno.
Nacho se vistió y salió a trabajar sin
desayunar, porque la nevera no sirve de nada cuándo te cortan la luz. Recorrió
una docena de calles hasta llegar a la estación en la que día tras día cogía el
tren para ir a la fábrica en la que trabajaba.
Al llegar al andén, el chico observó que una
marca de ropa había colocado un anuncio gigantesco al lado de la máquina que
vendía los billetes, en el anuncio aparecía una modelo que de lejos al joven le
resultaba familiar asi que decidió ir a echarle un vistazo. El chico se sorprendió
al ver que aquella modelo era una chica de la que él se había enamorado durante
su época en el instituto, pero ella nunca le había hecho caso, igual que el
resto de sus compañeros de clase que, llenos de prejuicios, huían al ver la
andrajosa
ropa del chaval.
Nacho soltó entonces una irónica carcajada y
dijo para sí mismo: “Aquel que dijo que el amor no entendía de clases debía ser
rico”. Inmediatamente una lágrima descendió de su ojo izquierdo, el tiempo se
detuvo un instante, él se quedó frío, inmóvil, mirando a ninguna parte, y
empezaron a brotar de su mente muchas preguntas: ¿Para qué trabajo si mi sueldo
no me da para pagar la hipoteca, ni la luz, ni para comer? ¿Acaso yo, un hombre
que ha preferido sentir el hambre a la deshonra del robar, merezco menos que mi
jefe, que no hace sino aprovecharse de los infortunios de sus trabajadores para
explotarles por sueldos míseros? ¿Dónde están ahora esos políticos, esos
sindicatos, esos religiosos… que se esconden bajo la mentira de que ayudan,
mientras se enriquecen a costa de buenas personas que ciegamente creen en sus
engaños? Cerró el puño con fuerza, poco a poco su desesperación aumentaba, la
alegría se había transformado en tristeza, la tristeza en ira y la ira en odio,
un odio profundo hacia el mundo en el que vivía, hacia sí mismo, un odio que
recorría sus venas hasta llegar al corazón. En ese momento de odio le vino a la
cabeza la macabra idea de terminar su camino de la forma más fácil. Dispuesto a
lanzarse a las vías, suspiró con gesto derrotado, miró al cielo y se secó las
lágrimas con la mano.
“El tren va a efectuar su parada” escuchó el
chico y apenas se había dado la vuelta cuándo el tren se detuvo. Al parecer, la
idea la tuvo demasiado tarde, Ignacio pensó en subir al el tren y acabar con su
vida al final del trayecto, le pareció una hermosa metáfora. Él entró al vagón más
cercano, el tercero desde la cabina del conductor, miró a izquierda y derecha,
pero como de costumbre a esa hora, no había nadie, asique se dirigió hacia el
lado derecho y se sentó en el primer asiento que había, pero al sentarse notó
algo debajo, se levantó y miró rápidamente por si era la cartera de alguien
que la hubiese dejado olvidada la anterior noche en el vagón o un teléfono
móvil que se le hubiese caído a cualquier pasajero. Pero lo que Nacho encontró
allí no fue una cartera ni un teléfono móvil, sino un libro. El chico,
sorprendido, lo cogió y leyó la portada en la que ponía: Manifiesto del Partido
Comunista por Karl Marx y Friedrich Engels.
Nunca había oído hablar de ningún partido que
no fuese en el ámbito deportivo, ni había escuchado esos nombres, Nacho pensó
entonces en empezar a leer ese libro para ver de qué se trataba. Comenzó a
leerlo aún con el inconveniente de su corto vocabulario, pero ese libro tenía
algo que le llamaba la atención, era como si lo hubiese escrito alguien como él
pero que conocía más palabras. El chico leía y leía, y cuánto más leía más
comprendía esas palabras, ya ni se fijaba en las estaciones, solamente pensaba
en ese libro, en esas ideas que le hacían darse cuenta de que él y su jefe eran
iguales y se merecen lo mismo y si su jefe no se daba cuenta alguien se lo iba
a tener que enseñar. Ese odio que sentía hacia él mismo se convirtió en odio
hacia su jefe, ya no pensaba que la culpa la tenían él y su suerte, sino su
jefe que no le ofrecía un sueldo digno a pesar de que estuviese trabajando de
sol a sol, o los políticos que no habían dictado unas leyes para que hubiese
una educación realmente pública y para todas las familias. Nacho vio en
aquellas personas que habían escrito el libro unos defensores de sus derechos,
unos hombres que por fin se preocupaban por él y que le daban una solución a su
precaria situación.
“Fin del trayecto” se escuchó por los
pequeños altavoces del tren, Ignacio levantó la cabeza del libro que estaba a
punto de terminar y se dio cuenta de que estaba en su destino. Pensativo salió
del tren con el libro en la mano. Ese libro que había encontrado por suerte, le
estaba haciendo reflexionar y le surgieron nuevas preguntas: ¿Por qué tirar la
toalla en lugar de intentar cambiar esto? ¿Qué puedo perder? ¿Es mejor terminar
con esto y huir de mis problemas o debería enfrentarme a ellos y buscar
soluciones? ¿Si hay más gente en mi situación sin nadie que les ayude, por qué
no ser yo quién les defienda?
Tras mucho pensar Nacho al fin tomó una
decisión que jamás hubiese tomado de no ser por el libro que encontró en aquel
asiento, decidió que si iba a perder la vida no iba a ser como un cobarde sino
luchando por los derechos de la gente humilde y trabajadora que constantemente
se ven pisoteados por empresarios o políticos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario